No somos la mayoría, pero existimos, expresó la también activista en charla con La Jornada. Foto Secretaría de Cultura CDMX/Milton Martínez
La escritora libanesa, faro de la condición de la mujer en el mundo, participa en el encuentro Di/Verso
Ciudad de Guatemala. Tres tesoros arqueológicos de 2 mil 500 años de antigüedad fueron descubiertos en el parque nacional Tak’alik Ab’aj de Guatemala, considerada la ciudad puente
entre las culturas olmeca y maya, informaron ayer las autoridades.
La lucha libre mexicana fue declarada ayer patrimonio cultural intangible de Ciudad de México por el gobierno capitalino, por conducto de la secretaría local de cultura, en una ceremonia realizada en el Antiguo Palacio del Ayuntamiento.
Las políticas neoliberales aplicadas en las recientes décadas arrastran a millones de personas a la pobreza y a otras a laborar en condiciones precarias y mal pagadas. Ante ese panorama desolador y con la idea de que otro mundo es posible, Nick Srnicek y Alex Williams –artífices del Manifiesto aceleracionista– escribieron Inventar el futuro: poscapitalismo y un mundo sin trabajo, libro publicado por Malpaso Ediciones del que, con autorización de este sello, La Jornada ofrece un adelanto a sus lectores
¿Adónde se fue el futuro? Durante buena parte del siglo, el futuro dominó nuestros sueños. En los horizontes de la izquierda política se concentró un vasto surtido de visiones emancipadoras, a menudo derivadas de la conjunción del poder político popular y el potencial liberador de la tecnología. Desde las predicciones de nuevos mundos de esparcimiento hasta los sueños posgénero del feminismo radical, pasando por el comunismo cósmico de la era soviética y las celebraciones afrofuturistas de la naturaleza sintética y diaspórica de la cultura negra, la imaginación popular de la izquierda ha concebido sociedades muy superiores a cualquiera que podamos soñar en la actualidad. Mediante el control político popular de las nuevas tecnologías podríamos transformar colectivamente nuestro mundo para bien. En cierta medida, hoy en día estos sueños parecen más cercanos que nunca. La infraestructura tecnológica del siglo está produciendo los recursos necesarios para alcanzar un sistema económico y político muy distinto. Las máquinas están realizando trabajos que hace una década eran inimaginables. Internet y los medios sociales están dando voz a billones de personas que hasta ahora habían sido ignoradas, volviendo así la democracia participativa global más factible que nunca. Los diseños de código abierto, la creatividad libre de derechos de autor y la impresión en 3D auguran un mundo donde se podría superar la escasez de numerosos productos. Las nuevas formas de simulación por computadora podrían revitalizar la planificación económica y brindarnos la capacidad de dirigir las economías de maneras racionales y sin precedentes. La ola más reciente de automatización está generando la posibilidad de eliminar de forma permanente enormes lotes de trabajo aburrido y degradante. Las tecnologías de energía limpia posibilitan formas casi ilimitadas y medioambientalmente sustentables de producción de energía. Y las nuevas tecnologías médicas no sólo hacen posible una vida más larga y sana, sino que también permiten llevar a cabo nuevos experimentos con las identidades sexuales y de género. En la actualidad, buena parte de las demandas clásicas de la izquierda –menos trabajo, la eliminación de la escasez, la democracia económica, la producción de bienes útiles para la sociedad y la liberación de la humanidad– son materialmente más factibles que en cualquier otro momento de la historia.