l pasado miércoles, el desequilibrado ultraderechista Jair Bolsonaro, quien presidió el más poblado y económicamente más poderoso país de América Latina, Brasil, entre 2019 y 2021, se volvió –por decisión de la instancia máxima de la Justicia, el Supremo Tribunal Federal– el primer ex presidente declarado formalmente preso por intento de golpe de Estado.
En caso de que sea condenado –y sobran pruebas para que eso ocurra–, Bolsonaro podrá ser condenado hasta a 40 años de cárcel. De acuerdo con lo que él mismo dijo en un reportaje al diario Folha de S. Paulo, sería condenarlo a morir en prisión, pues tiene 70 años de edad.
Además de Bolsonaro, fueron denunciados –y debidamente indultados– cuatro generales cuatro estrellas, léase el tope de la carrera, todos retirados, un almirante, el ex director de la ABIN (Agencia Nacional de Inteligencia, versión local de la FBI estadunidense), un ex ministro de Justicia y un teniente-coronel en activo.
Un detalle llama la atención: es la primera vez en la historia de la República (15 de noviembre de 1889), es decir, luego de 136 años, que un mandatario es llevado a la Corte Suprema, y con un resultado previsible: es más fácil ganar la lotería que Bolsonaro sea declarado inocente.
Hay un dato importante en este panorama. Por más que Bolsonaro esté acabado –y nunca está de más recordar– el bolsonarismo, es decir, la derecha más extrema, está firme, fuerte y activo.
Es verdad que el hijo número tres
de Bolsonaro, el diputado nacional Eduardo Bolsonaro, se refugió en Dallas, Texas, argumentando que podría ser aprehendido en cualquier momento (no hay ninguna causa abierta contra él), pero quedan varios gobernadores, empezando por Tarcisio Freitas, de San Pablo, el estado brasileño más rico y poblado, de una fidelidad a toda prueba al desequilibrado ex mandatario. Y hay otros.
Pese a ser declarado inelegible
por el Supremo Tribunal Federal, Bolsonaro sigue insistiendo en que será candidato. Nadie cree en esa posibilidad. Todas las apuestas se concentraban, en primer lugar, en su hijo Eduardo, el que huyó a Texas.
Pero quedan, además de Tarcisio Freitas, hasta su esposa, Michelle Bolsonaro, cuya experiencia política es comparable con la mía de preparar docenas de sushis.
A ver qué nos depara el futuro.
En cuanto a Lula, no se sabe si él, que tendrá entonces casi 80 años, se arriesgará a una cuarta disputa presidencial.
En el Partido de los Trabajadores se barajan varios nombres, pero nadie se anima a decir éste (o ésta) será
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Sí, sí, sobran temas en Brasil, pero una vez más, Bolsonaro se impone.