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Manuel Stephens
Fibonacci, circo y danza
El cuerpo es un medio insondable de significados. Las manifestaciones artísticas que tienen como fundamento la exploración del cuerpo revelan que las posibilidades de esta estructura aparentemente fija son infinitas. Es así como a lo largo de la historia vemos cómo el cuerpo es el mismo pero es otro. Una de las razones de la supervivencia de la danza clásica es el desarrollo de la técnica. Basta con echar una mirada a los bailarines a través de la historia para darnos cuenta de que sus cuerpos acceden a la expresividad con bases distintas. La evolución de la técnica clásica ha dado lugar a cuerpos mucho más atléticos y con más posibilidades de virtuosismo. En este sentido, el uso del cuerpo del bailarín se dirige al cruce de los límites de las capacidades físicas, presente también en el trabajo de un atleta de alto rendimiento. Elijo este ejemplo basado en lo clásico debido a que es más fácil de ubicar dentro del espectro dancístico, pero la danza contemporánea en algunas de sus vertientes presenta la misma inclinación. Si a esto sumamos el impulso creativo, la búsqueda de un vocabulario y la conformación de una obra que sea leída como artística, y quizá de vanguardia, estamos en territorios que traen consigo la noción de interdisciplinareidad, la conjunción de vías de exploración de lo físico.
Una de las maneras en que la danza ha intentado reinventarse es por medio de la incorporación de recursos pertenecientes a las técnicas y a las formas circenses. Desde mi punto de vista, en la escena mexicana esta vinculación no ha sido hasta ahora de manera alguna afortunada. Sin embargo, recientemente tuvimos la oportunidad de ver este tipo de propuesta desde la perspectiva del circo y los resultados son otros.
Proyecto Fibonacci |
En corta temporada en el Teatro de las Artes, se presentó Proyecto Fibonacci, una colaboración entre Les 7 doigst de la main, de Québec, y Cirko de Mente, de México, bajo la dirección de Samuel Tétreault y Andrea Peláez. El espectáculo es el resultado de un intercambio artístico entre compañías dedicadas fundamentalmente al trabajo circense, pero que involucran también la danza, la música, el video y la palabra. El punto conceptual de partida del montaje fue la secuencia numérica descubierta por Leonardo Fibonacci que da lugar al número y sección áureos, conducentes al equilibrio en la proporción plástica y musical, y que han sido un método de composición y de análisis del arte.
Para la representación, el escenario del teatro fue transformado en una pista con los espectadores alrededor, evitando usar las butacas del recinto y el teatro a la italiana. El espectáculo es una "obra en proceso" que entreteje escenas trabajadas con anterioridad –y por lo tanto ya fijas– con aquellas resultado del intercambio entre los intérpretes, a la vez que se permite también un cierto margen de improvisación. En esta primera etapa, pues habrá otras, Proyecto Fibonacci logra de primera instancia concertar la sensibilidad de sus integrantes. La función a la que asistí no gozó plenamente de la limpieza que se exige en espectáculos por completo asentados, pero esto fue superado por la naturalidad con que el espectador puede entrar al proceso creativo, hecho claramente evidente en el uso de cámaras de video en circuito cerrado, las entrevistas a asistentes y a los artistas, el diálogo constante con el público y la brillantez de la obra en general.
Haciendo una división interpretativa entre lo dancístico y lo propiamente circense, como el equilibrismo, contorsionismo, malabarismo y lo clown, destacan las piezas de tap, las secuencias coreográficas, en las que llegan a participar todos los intérpretes, debidas a Octavio Zeiby, y la entereza y plena utilización de los recursos corporales de Clementina Calvo, Javier Moreno y Diane Eden Ormbsy, a quienes conocemos por su destacado desempeño como bailarines, ahora en función de un espectáculo de este tipo. Y es precisamente su participación e inserción dentro de esta obra dictada por lo circense, independientemente de otras de sus ramificaciones, la que me lleva al cuestionamiento de por qué no se ha dado la concreción artística inversa dentro de la danza mexicana, es decir, por qué las obras dancísticas en que se ha recurrido a lo circense –uso de estructuras tubulares, trapecios, aros, telas, etcétera, lo que pomposamente se ha llegado a denominar "danza aérea", entre otros apelativos– han sido todas tan, pero tan pobres. Un estupendo work in progress como lo es Proyecto Fibonacci, del que ojalá podamos ver sus próximas emisiones, lanza la pregunta.
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