México D.F. Lunes 8 de noviembre de 2004
Hermann Bellinghausen
Situaciones
1. Un hoyo en la arena que nunca se llena. Una cubetada de agua tras otra, y el fondo las absorbe. El pozo no se hace. Todo el océano Pacífico no llenaría ese hoyo simple cavado por un niño en la playa con una pala de plástico no más grande que una mano cualquiera.
2. El muro del Kiwi se da el quienvive con los adjetivos ácidos de su paleta, si hemos de llamar paleta el "botiquín" de aerosoles, plumillas y plumones, en sentido estricto no suyo sino de Topaz 3 que en paz descanse, o casi: se cayó de un andamio en que andaba y lleva tres meses en cama, por ilegal y por bruto.
El enervante efecto del peligro le devuelve al Kiwi la rutina de cuando la huelga estudiantil y todo ese desmadre. Cuando era posible cambiar el mundo, desesperadamente tal vez, pero con sentimiento.
Turbio como aparece, el presente sugiere rojos, muchos rojos, para aliviar la ira sistemática del Kiwi a ras del suelo contra la cortina de hierro del viejo taller, pintando bordes verde limón a las gordas letras. De tras los tanques de la planta abandonada surge el Caña, otro que circula por estos lados adonde nadie viene. Le chifla al Kiwi, que no lo oye, enchufado por los audífonos a un desgarrador sucedáneo de música. Así que cuando el Caña se para a sus espaldas y le da un manotazo en el hombro el Kiwi salta, tan concentrado que estaba en expresar su nombre propio.
-Pícale, que vienen los perros -dice el Caña, con nervios.
-ƑAcá? -responde casi a grito el Kiwi, más por efecto de los audífonos que por verdadero susto. Se retira de las orejas la diadema del sonido. Sí, qué buscan acá los policías en tierra de nadie. Se incorpora como gato y recoge de un manotazo la panoplia. Corre junto al Caña y salta la alambrada, otra vez como gato. Tenis, para qué los quiero, le pica por la calzada, atraviesa al carril contrario y sube el puente sobre Río Consulado. El Caña agarra en dirección contraria.
Los perros se la pelan. Sólo alzan los bolsas de solvente que comercia el Caña, y topan la bomba del Kiwi, todavía fresca: su nombre enterito y colorado que no le dio tiempo de firmar al calce como Dios manda.
3. Andábamos perdidos cuando los encontramos en un claro de la serranía. Bebían pozol y lo que más me extrañó fue que, sin conocernos, nos convidaran. Bueno, era mi primera vez en la selva, de esto hace más de 30 años. Ignoraba las costumbres de la gente.
Resultó que íbamos a la misma esquina del río Tulijá, ellos de paso, nosotros invitados a la nueva colonia y sin tener la más remota idea de nuestro paradero luego de caminar tres días "hacia el oriente". Apenas hablaban castellano, pero entendimos que los siguiéramos.
Caminaban rápido. En la bajada y el plano les aguantamos el tranco sin sentirlo. La cosa cambió cuando alcanzamos montaña. Trepamos la pendiente; ellos como si nada; pronto nosotros con el bofe vacío, en las últimas. No bastaba ser jóvenes para tener la resistencia de los indios.
Conforme crece el cansancio, uno se distrae de todo y se concentra en seguir andando, soñar la llegada, imaginar que ya mero. Además no podíamos permitirnos el lujo de perder de vista a los guías en aquella selva indescifrable.
A pocos paso delante mío trotaba uno de ellos. Era fascinante la plasticidad de sus pies descalzos. Machete en mano, vestía calzón de manta. Salpicando a los lados, hendíamos nuestro andar en el lodo negro. Sus pies desaparecían a cada paso. Sólo eso veía: sus pisadas. Absorto y desesperado. De pronto, el indio arqueó el cuerpo, alzó muy alto el machete y lo dejó caer con fuerza contra el suelo. Dio un salto adelante y no se detuvo. Enseguida llegué al sitio. Una mancha roja se bifurcaba en el lodo. A media vereda convulsionaba una enorme nauyaca negra, casi indistinguibles sus dos metros y el fango, cogida al vuelo de un golpe limpio, el cráneo partido por el centro.
Yo jamás la hubiera visto, pensé, y la fantasía retrospectiva me mostró una escena donde pisaba la víbora. Ni alumbrado por el brillo de un machete la habría reconocido, y la diferencia entre el indio y yo había sido de unos cuántos segundos.
4. El amante en posición vertical se marea, pues viene de apenas amar. Apoya una mano en el canto del buró en esa habitación desconocida. Tarda en orientarse en la penumbra. Súbitamente solo, animalmente triste, siente un aire frío por la ventana entreabierta. ƑEs verdad esta bella durmiente a su lado? Duda en moverse. ƑQué tal si él se aleja y ella desaparece de las sábanas como agua en el agua? Cuando el desierto es plano y circular, en horizontal se está mucho mejor. Sin pensarlo dos veces se acuesta y la abraza. Ella ronronea y se le acurruca entre los muslos y el pecho. A salvo.
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