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México D.F. Miércoles 17 de septiembre de 2003
JAZZ
Antonio Malacara
Heberto Castillo, Barroco en swing
AUNQUE YA EN sus discos anteriores Heberto Castillo
había incursionado y flirteado con el clasicismo y el romanticismo
de Bach, Schubert o Chopin, evidenciando con franca alegría su temprana
formación pianística y su amor a la academia, en su cuarta
entrega discográfica, Barroco en swing, el mismo Castillo
escribe y describe de su puño y letra su pasión por don Juan
Sebastián, argumentando y aumentando las filas de quienes postulan
al genio de Turingia como el primer músico de jazz.
TAL
VEZ DEBERIAMOS apuntar que el sonido del primer corte, el que da título
al disco, lo encontramos más cercano al de Mozart que al de Bach,
y que en su afán de grandilocuencia el joven maestro se atora por
instantes en el teclado y su digitación se empastela. Pero el disco
sigue girando, y aparecen entonces amplios pasajes latinos en swing, en
los que Heberto luce y transmite el placer de fusionarlos con el barroco.
PERO VA DE NUEZ: un bache por aquí y otro
por allá; son esporádicos, pero ahí están.
Empezamos a murmurarnos que la elevada magnitud de este proyecto pudo haber
ido más allá de la técnica interpretativa del pianista,
que en más de una ocasión lo rebasa, o que muy probablemente
debió preparar con mayor tiempo y esmero algunos temas antes de
llevarlos a grabación.
ESTE ES EL primer disco a piano solo de Heberto
Castillo; así que si desde ahí el reto era ya muy grande,
agreguémosle ahora el constante y pretendido desarrollo de los contrapuntos
inherentes al discurso bachiano. No es lo mismo, por supuesto, contar con
el apoyo instrumental de un trío de jazz, que ha sido el formato
con el que Castillo ha presentado sus trabajos anteriores: Jazeando,
Imágenes y Reflexiones.
CON TODO, HEBERTO quiso echarse el trompo a la
uña y ahí lo tiene girando. Incluye además dos temas
confesos de Bach: la celebérrima Pastoral y el tercer movimiento
del Concierto de Brandeburgo No. 3, en un arreglo que rebautizó
como El blues de Brandenburgo y en el que, entonces sí, suena
fenomenal.
ENCONTRAMOS TAMBIEN Jarocho y trovador,
la cual, al parecer, está dedicada a su padre, al siempre recordado
y admirado ingeniero Heberto Castillo, sin cuya presencia sería
imposible entender a fondo la historia mexicana del siglo XX. Aquí
el joven Castillo atisba en el son tradicional veracruzano y lo enfrenta
con el jazz y la música clásica que da vida al concepto del
disco, sin que se dé choque de trenes alguno, y más bien
insinuando una posibilidad de fusión que, tarde o temprano, se va
a encontrar en plenitud.
EN SUMA, PODEMOS hablar de un esfuerzo musical
interesante, honesto y por momentos hasta emocionante, que debe seguir
trabajándose para alcanzar el nivel al que, evidentemente, se pretende
llegar.
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