Hermann Bellinghausen
Trucha en la capirucha
Jugar en el Metro a la desesperación. A que nada tiene remedio en estas calles internas. Lo fugaz y aleatorio que es todo. El entorno es duro, abrumador, se encona con cada uno, pero los viajantes, ellos, como Pedro por su casa. Platican, se besan, lloran, leen detenidamente. Algunos, tan en confianza que duermen y al vaivén de los trayectos se atreven a soñar, dando cabezadas o a pierna suelta si lo consiguen, sumergidos en los hálitos de la intimidad.
A grandes rasgos (la medida de los multitudinario urbano, reticente al detalle), beber el insomnio de la bestia viva reptando bajo el suelo. Los ríos que abordan, que desbordan, bordan y desabordan. Los cruces luego. Los emocionantes, impredecibles, incomodísimos cruces en los apeaderos. Y en el andén, una madre.
En el andén, una madre imparte amplias instrucciones a su hijo de seis años. Que hacer en caso de perderte. Tienes que saber de memoria tu teléfono, tu dirección, tu nombre completo. El nombre de tus padres. No hablar con quien sea, sólo un policía, una taquillera, o llegar a una oficina. La mujer habla con autoridad. El niño escucha atónito, atento, imaginando lo que sería extraviarse, receptivo como una esponja.
Como una esponja que camina. En Salto de Agua estudiantes de inglés y computación, con una especie de uniforme, practican una encuesta sobre temas inconexos a quien se deja. La gente se deja, por curiosidad, soledad, resignación. Allí mismo, un viejo, muy viejo, de saco y corbata, oficinista (Ƒpatrón?), acaricia lascivamente, no como abuelito o tío, a una muchachita rebosante de sexualidad que lo deja hacer, en medio del río de gente, como pensando en otra cosa. ƑProstitución light combinada con pederastria? Sin la elegante melancolía de los personajes de Italo Svevo, ella parece contenta, aquiescente al menos. Él la abraza. Ella mira sobre el hombro del viejo en dirección a cualquier otra cosa. Deja que la manosee el abuelito postizo, como sacando cuentas, fríamente, la muchachita.
''Para esos jiotes, esas manchas blancas en la piel de muchas personas. Esos hongos que con nada salen. Los granos que brotan en la cara, en la espalda, en la piel de las personas que prueban toda clase de remedios, lociones y hasta brujería, oiga usted, y nada resuelve su problema. Y esas personas que llegan a su casa, se quitan los zapatos y se rascan, se rascan con fuerza, usan piedras, ladrillos, lo que sea, por la comezón que están sintiendo''. La letanía detallada y cruda de desgracias cutáneas sigue sin fin y sin principio en una grabación que dura el día entero sobres las cabezas pululantes bajo los hules, entre los puesto, la vendimia y la llovizna machacona, sucia. La voz ofrece insoportablemente la pomada de ketaconazol y esperanza para quienes se sienten identificados con esa descripción detallada de la vida en cierto modo.
O apearse en Pantitlán, tan lejos y sin embargo tan cerca, donde las alternativas parecieran muchas. Donde las alternativas para muchos siguen siendo nulas. El navajero no quita el dedo del renglón, atento al paso de una linda damita, y zaz, con rapidez astronómica corta el lazo y echa a correr alegremente entre un gentío arremolinado en tres, cuatro direcciones.
O abandonarse a la cúpula de San Lázaro, a los insondables sótanos de Tacubaya y San Pedro de los Pinos, o dejarse atravesar en Xola por agujas de nostalgia ente Narvarte y la Álamos, por los tiempos idos, la ciudad que fue, el tiempo asesinado. En Hidalgo los chichifos, y en Insurgentes. En Copilco y Politécnico se fluye entre jóvenes pumas o burros. En Merced y Candelaria, el olor de la verdura. O apearse donde sea, o no hacerlo, y que se jodan.
''Señor, ya llegamos. Señor, fin de trayecto. Caballero''. El hombre ronca y gruñe. Retira el hombro que le agita, trapeador en mano, un tipo del mantenimiento. El señor despierta (si eso es un despertar) y mira a su interlocutor con ojos turbios y desatentos. El tipo del mantenimiento se dirige a su compañero en el anden: ''Virgilio, llama a los policías. Tenemos un problemita''.
Al fin las escaleras, serpientes eléctricas, serruchos alevosos bajo las claraboyas de la luz y del espanto, soles opacos, subterráneos, falsos. O mejor permanecer en los andenes repletos, esos desiertos. Y la correspondencia, cómo tarda. Cuánto y cómo.