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Mar de historias

Breves reinados

A

l llegar a la confluencia de las dos avenidas sorprende a Trinidad una ráfaga de aire helado. Se levanta el cuello de la chamarra, acelera el paso y oprime con más fuerza la caja donde lleva el disfraz. Va a devolvérselo a Esteban Sánchez, el viejo trapecista en retiro que lo contrata desde finales de diciembre hasta el 6 de enero para que, disfrazado de Baltasar, reciba a los niños que van a la Plaza Beta a tomarse la foto del recuerdo junto a los Reyes Magos y, de paso, a entregarles sus cartitas con la lista de regalos que esperan recibir la noche del 5 de enero.

En un breve balance de la temporada que acaba de concluir, Trinidad llega a la conclusión de que este año, más que en los anteriores, casi todas las peticiones fueron idénticas: pantallas de tele, computadoras, celulares, Xbox. Los triciclos, las bicicletas, los trompos, los camioncitos de madera, las muñecas y los juegos de té quedaron en el olvido, como sucede con los juguetes que pierden interés para los niños y son arrojados a un clóset, donde permanecen mucho tiempo, hasta que en un día de limpieza profunda se van en el carro de la basura, confundidos con otros desechos y llevándose algo de las infancias que alegraron.

II

Cada año que Esteban Sánchez lo contrata, Trini pide autorización para faltar durante dos semanas a los laboratorios donde es portero. Vale la pena correr el riesgo de que en su ausencia alguien ocupe su puesto, con tal de darse el gusto de convertirse, aunque sea por unos cuantos días, en el rey Baltasar.

Mientras lo encarna entra en un remanso, en un paréntesis donde se ausenta de sí mismo, deja de ser una persona invisible, sin títulos ni influencias, para convertirse en un ser poderoso, pero sobre todo respetable y magnánimo.

Además de proporcionarle esas recompensas, su desempeño le permite vivir experiencias que no tuvo de niño, como la de sentirse consentido y sacarse una foto en un trineo jalado por cuatro renos a los que habría creído reales y, por eso, los habría azuzado para que corrieran más y más rápido a través del inabarcable cielo.

En contraste con esa fantasía, le resulta doloroso recordar que a su casa nunca llegaron los Reyes Magos. Su visita era una de las muchas cosas que, a decir de su abuela Sixta, no era para ellos, como no lo eran tampoco el descanso y mucho menos el juego, considerado por su padre como una miserable pérdida de tiempo y el primer paso rumbo al mal camino.

A pesar de tanta severidad y de las muchas carencias que sufrió, Trinidad no cree que su infancia haya sido infeliz, y si algo lamenta es que esa etapa haya pasado tan rápido. Siente que dejó de ser niño de un momento a otro, concretamente la mañana en que murió su abuela Sixta. El dolor de la pérdida fue muy grande, pero ante su cadáver lo obligaron a controlar su angustia porque el llanto no es cosa propia de hombres.

Muchas veces, mientras recibe a los niños que van a la Plaza Beta para fotografiarse junto a él, se ha preguntado si esos pequeños algún día lamentarán que su infancia haya transcurrido de prisa, sin darles tiempo para disfrutarla y atesorar experiencias que el paso del tiempo difícilmente borra. ¿Qué recuerda de la suya? Momentos, imágenes fugaces, experiencias, como las de aquellas mañanas del 6 de enero en que él y sus hermanos, desde el quicio de su vivienda, miraban a los demás niños exhibir los juguetes que les habían dejado junto a sus zapatos los Reyes Magos como premio a su buena conducta.

¿Por qué a él y a sus hermanos, de buen comportamiento, nunca los visitaron los legendarios personajes? ¿Por qué estaban excluidos de una gratificación que aumenta la magia de la infancia? De niño nunca se formuló esas preguntas que de seguro habrían disgustado a su padre. Lo hizo mucho después y llegó a una conclusión: quizá los Reyes Magos no aparecían en su casa porque él y sus hermanos no actuaban como otros niños. Sus responsabilidades eran las propias de un adulto, y eso los hacía diferentes, viejos antes de salir al mundo.

III

Pensando en todo eso, sin darse cuenta, llega al edificio donde se encuentra la oficina de Esteban Sánchez. Sube la escalera corriendo y al abrir la puerta lo recibe un reproche: Cabrón, pensé que no ibas a venir. ¿Ya viste qué hora es? En respuesta, sonriendo, Trini hace un ademán obsceno, abre la caja y conforme va sacando las piezas del disfraz las enumera: Corona, túnica, peluca, barbas, capa. Conste que todo está bien. ¿Puedes devolverme el depósito que te dejé?

Molesto, como si hubiera escuchado una impertinencia, Esteban toma del escritorio un sobre con el dinero que Trini dejó en prenda por el disfraz y le ordena que lo revise para que después no le salga con que faltaron billetes. Baltasar obedece, da las gracias y le pregunta a Sánchez si el siguiente diciembre volverá a contratarlo. No espera la respuesta: sabe que así será.

La posibilidad, aunque remota, de convertirse otra vez en rey Baltasar lo llena de energía y optimismo. En tanto llega ese momento, volverá a ser el Trini de siempre: una persona común, invisible, sin más acompañante que su sombra. Para compensarse del largo plazo que lo aguarda, imagina que Baltasar lo espera en un sitio recóndito, descansando de las altas responsabilidades que agobian a quienes tienen el privilegio de portar un cetro, un manto, una corona.