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México D.F. Miércoles 15 de octubre de 2003
El Alto, "la ciudad del futuro boliviano", paralizada
y ocupada por fuerzas armadas
"Esto no es un enfrentamiento, es una matanza", acusa
la radio comunitaria
Los servicios de salud en la localidad, rebasados por
la fuerte represión a manifestantes
ANDREA ARENAS ALIPAZ Y LUIS A. GOMEZ ESPECIAL PARA
LA JORNADA
La Paz. "¿Con qué nos vamos a defender?
Por favor, que este gobierno deje de molestarnos", exigía a gritos
un hombre en plena calle. "Esto no es un enfrentamiento, es una matanza",
insistió todo el día el locutor de la radio comunitaria Pachamama.
Desde las primeras horas del día las fuerzas armadas se han desplegado
por toda la ciudad de El Alto, urbe de un millón de habitantes que
tiene ya varios días paralizada por los bloqueos, las fuerzas del
orden lanzan granadas de gas lacrimógeno y disparan "de canto" contra
los habitantes. Con la consigna de hacer llegar alimentos y combustible
a la ciudad de La Paz, los militares han sembrado de heridos y muertos
varios sectores alteños.
Los servicios de salud en El Alto se han visto rebasados
por la matanza y varios heridos se desangraban sin encontrar posibilidad
de ayuda. Niños y mujeres han sido transportados por los vecinos,
inclusive en carretillas, a todo centro de salud, hospital o consultorio
en busca de atención médica. Sin embargo, en un país
cuya oferta en este rubro no alcanza a cubrir ni a 10 por ciento de la
población, la escasez de analgésicos, sueros y sangre ha
impedido la adecuada atención de poco más de 200 personas.
En las esquinas, luego del paso de los soldados, no quedan
más que algunas piedras, restos de fogatas y charcos de sangre seca.
En el sector de Río Seco, al noroeste del El Alto, las balaceras
han continuado. Pero la gente no cede un ápice en sus exigencias,
aun cuando la han obligado a replegarse, y los bloqueos han comenzado a
reorganizarse: "nosotros no tenemos armas", dijo un dirigente vecinal del
barrio de Rosas Pampa, "pero queremos que este gobierno se vaya. No tenemos
con qué defendernos, pero tenemos la justicia de reclamar por lo
nuestro. El gas es nuestro. Que se vayan y dejen de matarnos a todos".
Morir en la ciudad "del futuro"
En esta ciudad de pobres, ciudad dormitorio y sede de
un aeropuerto internacional, se encuentra desde hace unos días el
epicentro de las manifestaciones y bloqueos que sacuden a Bolivia ya por
tres semanas. Ubicada en el extremo norte del altiplano andino, El Alto
es a La Paz lo que Ciudad Nezahualcóyotl al Distrito Federal: una
urbe forjada en dos décadas por migrantes, fundamentalmente aimaras,
a un costado de la sede de gobierno. Un alcalde populista ha decretado,
con bando municipal, que ésta "es la ciudad del futuro de Bolivia".
Pero
el jueves pasado por la mañana, apenas iniciado el segundo día
de paro en El Alto, fuerzas combinadas de la policía y el ejército
comenzaron un enfrentamiento con un contingente de mineros llegados de
Huanuni, en el sur del país, para manifestarse en contra de la posible
venta del gas a través de Chile. Armados con piedras y hondas cargadas
de dinamita, los mineros resistieron durante poco más de media hora
el asalto militar, que pretendía detener su marcha hacia La Paz.
Luego del enfrentamiento, en la localidad de Ventilla,
entre El Alto y la ciudad de Oruro, quedó en el piso el cuerpo del
minero José Luis Atahuichi, de 40 años, semidestruido por
una explosión no aclarada hasta este momento. Una decena de heridos
fue trasladada a diversos nosocomios. Mientras, las fuerzas militares iniciaron
una operación de barrido en todos los bloqueos que impedían
el acceso de vehículos a El Alto en esa zona al sur de la ciudad.
Un par de kilómetros más adelante, en el
sector Senkata, comenzaron los enfrentamientos con los vecinos. Lanzando
cientos de granadas de gas y disparando, los militares consiguieron limpiar
el camino hacia la avenida 6 de marzo, cuyos seis carriles quedaron desiertos
por un par de horas... pero en medio la refriega cayó con un balazo
en la frente el joven Ramiro Vargas, de 22 años, que perdió
la vida camino del hospital.
A primeras horas de la tarde, los vecinos volvieron a
instalar los bloqueos en los barrios de Rosas Pampa, Santiago II y Santa
Rosa. Don Alberto, un hombre de bastón y cabello cano, con sombrero
de fieltro negro, nos llevó hasta una esquina de la calle 31 de
Rosas Pampa, en donde ya se reunían los vecinos para hacer una colecta:
Ramiro, uno de los miles de jóvenes que protestan con piedras y
gritos, vivía a pocos metros de ahí. En medio del tumulto,
ondeaban dos banderas: la boliviana y la wiphala (la enseña multicolor
de los pueblos andinos), ambas con crespones negros...
"¿Sabe señor periodista? Nosotros vamos
a aguantar hasta las últimas consecuencias... aquí solitos
estamos nosotros y nuestros hermanos campesinos, los que nos estamos enfrentando",
venía diciendo don Alberto. En ese momento, una caravana de aproximadamente
20 autobuses y diversos vehículos hizo su aparición en la
avenida, custodiada por un centenar de militares y policías. Nuevamente
una lluvia de gas y de balas. La gente corrió hasta sus casas, pero
era inútil, los soldados que custodiaban la caravana se desviaron
de la avenida y se dirigieron al interior de los barrios para seguir disparando.
Media hora después, tosiendo y con los ojos llorosos,
la gente volvió a su bloqueo y persiguió a la retaguardia
del convoy con piedras y amenazas: "Los vamos a matar. Son unos perros
porque han disparado contra las casas donde hay niños". Mientras
eso ocurría, en la ciudad de La Paz, el ministro de Gobierno, Yerko
Kukoc, negaba en conferencia de prensa que los efectivos militares estuvieran
disparando a la gente. "Cómo no... mire", nos dijo indignada una
niña de 12 años, mostrando en sus manos casquillos de FAL
y de las escopetas de uso reglamentario de las Fuerzas Armadas, "Si esta
mañana a un viejito le han disparado, le han abierto el pie a bala...
ahí, mire, junto al puente".
El velorio acosado
El viernes, los vecinos de Rosas Pampa y Santiago II velaron
el cuerpo de Ramiro Vargas en plena calle, en el centro de su bloqueo de
la avenida 6 de marzo. No dejaron de gritar consignas contra el gobierno,
pidiendo la renuncia del presidente Sánchez de Lozada. A las 16:30
horas salió una procesión hasta el cementerio general de
la zona. Cerca de 200 personas de luto y en silencio recorrieron la avenida
desierta. Antes de llegar a su destino, la procesión pasó
frente al cuartel del Batallón Ingavi, principal guarnición
militar en esta zona del país. Los militares se desplegaron por
toda la acera, cortaron cartucho y quedaron en posición de alerta.
Nadie entre los deudos dijo una palabra. Algunos rostros
se elevaron al cielo, porque en esos instantes los sobrevoló uno
de los helicópteros que patrullan y, de cuando en cuando, ametrallan
a los civiles. Justo en la esquina del cuartel, la procesión dio
la vuelta buscando la entrada del cementerio. Los militares corrieron detrás,
alarmados, pero nada ocurrió. Los ataúdes de Ramiro y una
adolescente, que había muerto intoxicada por los gases del día
anterior mientras pasaba la caravana de autobuses, fueron llevados a una
capilla improvisada en medio de las tumbas y luego de una breve ceremonia
fueron depositados en sus fosas... alrededor, la gente saludaba a los familiares
y algunos comenzaban a organizar el regreso a su barrio. Una corona de
flores marchitas se quedó tirada junto a la tumba, en su centro
había una fotocopia con la foto de un joven serio y de cabello corto.
Esa misma tarde, vecinos de toda esa zona trataron de
tomar infructuosamente los depósitos de gasolina de Senkata.
Ya todos sabían que el primer atisbo de escasez en La Paz era ése:
los dueños de las gasolinerías anunciaron que el sábado
iba a terminarse el combustible. Por ello decidieron contratacar. "Si no
detienen esto, vamos a bajar a la hoyada (la inmensa cañada donde
se asienta La Paz) a bloquearlos", adivirtió don Alberto antes de
regresar a su casa esa tarde.
El niño y la gasolina
El sábado por la mañana, mientras reiniciaban
la vigilancia en su zona, los vecinos de Rosas Pampa vieron venir otra
caravana. A lo lejos, las nubes de polvo y de gas delataban una nueva acción
militar. Se trataba de un convoy de camiones cisterna cargados con gasolina
que pretendía llegar a La Paz. "No pasan, aunque nos maten", alcanzó
a decir un muchacho antes del nuevo combate... todo se desarrolló
de manera idéntica a los días anteriores: gas, balas y gente
corriendo... hasta que, motivados más por la rabia que por su capacidad
de resistencia, los vecinos lograron reagruparse a una cuadra del puente
de Rosas Pampa.
No todos los camiones cisterna consiguieron romper el
bloqueo. Los militares, sorprendidos por la respuesta de la gente, comenzaron
a retirarse disparando al ver que su dotación de gas lacrimógeno
se acababa sin efecto. Las piedras comenzaron a caerles encima y más
de la mitad del convoy fue obligado a retroceder hasta el cercano depósito
de Senkata. Eran las 10 de la mañana. Pero este parcial triunfo
no animó a la gente. De una de las aceras comenzaron a llegar los
alaridos de una mujer: "Lo han matado, lo han matado". Alex Mollericnoa,
un niño de cinco años había recibido un impacto de
"balín" (perdigones), muriendo en el acto.
En el suelo quedaron otros 20 heridos. Y cualquier optimista
de perogrullo podría ver que "le salió barato" a los vecinos,
porque los militares que protegían la caravana eran varios cientos
y estaban fuertemente armados con FAL, ametralladoras, escopetas y granadas
de mano. A esas horas, los vecinos fueron a buscar automóviles y
carretillas para transportar a su gente hasta el hospital Juan XXIII, pero
la gran mayoría se quedó en las calles, reunida en silencio
y en un ambiente lúgubre.
Domingo sangriento
Esta mañana, visto que el convoy que venía
de los depósitos del sur de El Alto no podía llegar hasta
La Paz para surtir gasolina, los militares coparon casi todas las zonas
de bloqueo en forma masiva, disparando directamente a la gente con ráfagas
continuas. Por el noroeste entró esta vez un convoy de camiones
cisterna cargados con gasolina, algunos transportes con alimentos y otros
vehículos. En la zona de Río Seco, a la altura de una vieja
tranca de peaje, fueron asesinados vecinos durante más de dos horas
de tiroteo.
En esta ocasión, el operativo de barrido
incluyó las calles aledañas a las principales avenidas de
El Alto y, por los reportes recibidos hasta las 17 horas, es evidente que
la orden era disparar a discreción. Las organizaciones de derechos
humanos, las juntas de vecinos y algunas radios comunitarias de El Alto
llevan una larga lista de muertos y heridos en diversos sectores de la
ciudad.
Esta tarde, la agencia de informaciones Bolpress reportó
que el gobierno "en declaraciones realizadas mediante sus ministros de
Estado y el vocero gubernamental, Mauricio Antezana, sólo atinó
a reiterar su predisposición de diálogo con los sectores
sociales". En contraste, un vecino de Río Seco afirmó categórico
en Radio Pachamama: "No son cientos; ahora son miles de vecinos los que
están reunidos. No vamos a permitir que nos sigan matando como corderos".
Todas la vías de comunicación entre La Paz, El Alto y otras
localidades, se han vuelto a cerrar por los bloqueos. Los únicos
vehículos que transitan a estas horas son las ambulancias y algunos
autos con periodistas y médicos voluntarios.
"¿Cuántos muertos más quieren?",
lloraba una estudiante luego de la matanza del domingo, "...los bolivianos
nos uniremos... nos están matando". Hoy nadie ha mencionado ya que
se cumplen 511 años de la llegada de los españoles a América.
La lluvia y el granizo han barrido El Alto durante cerca de una hora, limpiando
el hollín y los restos de sangre en el asfalto de sus principales
avenidas. Y la gente ha vuelto a salir, a gritar y a maldecir a los militares...
el gobierno no se ha ido, ellos tampoco.
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