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México D.F. Jueves 12 de junio de 2003
Sergio Zermeño
ƑQué ciencia para qué sociedad?
De nuevo se plantea el problema: primero, los científicos y las academias (institutos, universidades, laboratorios...) consideran que los recursos públicos que reciben son pocos y se les entregan por canales ineficaces: "el financiamiento es un punto crítico, representa desgaste, tiempo, problemas", afirmaba el bioquímico de la UNAM Ricardo Tapia (La Jornada, 8/6/03), mientras otro académico presagiaba que de no multiplicarse el número de científicos el país no saldrá del atraso. Segundo: esta semana el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) busca en Washington la firma de un acuerdo para "reducir las enormes asimetrías entre las casas de estudio del TLCAN". Tercero: José Antonio de la Peña, presidente de la Academia Mexicana de Ciencias, manifestó su preocupación durante el primer Encuentro Nacional para la Competitividad y la Vinculación con la Empresa, celebrado el pasado 27 de mayo, porque los principales representantes de negocios prácticamente no asistieron.
Enrique Canales lo explicaba desde el punto de vista de los empresarios: "a los científicos mexicanos les encanta decir que la ciencia es la locomotora que va abriendo paso para que la ingeniería y la industria se desarrollen, pero ese es un modelo de vinculación que la industria no sigue por impráctico, tardado, costoso y fuera de su interés competitivo... La industria, al tener un problema por altos costos, por baja productividad o porque no puede con un requisito de algún cliente, va por la ayuda de sus proveedores, y si también se atoran entonces se mete a Internet a buscar cuáles profesores de cualquier país han escrito algo o patentado algo sobre el tema" (Reforma, 5/6/03).
No nada más la industria: Ƒcon qué tecnología se están construyendo los segundos pisos? Pero más allá de esta dependencia en la demanda de ciencia y técnica, tenemos el problema de la oferta: los hermanos Terrones, científicos mexicanos premiados por la Academia Mexicana de las Ciencias en 2000 y destacados por la revista Time en la lista de los 50 líderes latinoamericanos del nuevo milenio, lograron realizar conexiones moleculares de nanotubos (estructuras microscópicas tubulares cien veces más delgadas que un cabello humano y cien veces más resistentes que el acero), que podrían ser empleadas en la producción de pantallas ultraplanas de bajo consumo de energía, microchips, chalecos antibalas, etcétera. Sus descubrimientos ya son pretendidos por las empresas trasnacionales Hitachi, IBM, Siemens (Reforma, 12/9/02).
Después de la tecnología que nos mostraron los medios electrónicos durante la reciente invasión de Estados Unidos a Irak, parece una aberración que nuestros científicos y nuestras academias quieran, de manera indiscriminada, seguir produciendo ideas y aplicaciones competitivas en la vitrina mundial, que quieran seguir invirtiendo cuantiosos recursos y se ilusionen con "cerrar la brecha" y quieran ser competitivos en la llamada "frontera del conocimiento universal" durante la "tercera revolución científico-técnica" (pocas nociones podría haber más tributarias de un evolucionismo lineal).
Por supuesto que es necesario destinar más recursos a universidades y academias para lograr mejor desempeño científico y tecnológico, pero hoy nos queda claro que en un país en desindustrialización, controlado por las grandes empresas en la lógica exportadora, en un país donde lo principal que tiene para ofrecer son sus energéticos, sus recursos naturales (sol, playas...) y su mano de obra barata sin calificación, hay un inmenso terreno al que a cualquier academia se le debería exigir estar ligada y que rebasa con mucho la estrecha visión de la empresa y el juego del mercado: las necesidades de mejoramiento o de simple reconstrucción del entorno urbano, del medio ambiente, de la salud física y sicológica, del diseño y la organización local y territorial, de la inseguridad y la violencia. ƑCómo diseñar y hasta inventar técnicas y fórmulas para reconstruir el entorno y mejorar la calidad de la vida de tres de cada cinco mexicanos en condiciones de destrucción y anomia humanas? Nuestros científicos sociales, médicos, sicólogos, ambientalistas, hidrólogos, urbanistas, nutriólogos, marinos, agrónomos, biotecnólogos, etcétera, están haciendo los más renombrados esfuerzos en la búsqueda para resolver ni más ni menos que esos problemas, los de la puerta de atrás: pobreza, enfermedad, violencia... no los de la frontera de las ciencias en una ilusa "carrera por cerrar la brecha".
Pero todo esto requiere una política científica clara, una política que abandone el evolucionismo y el encandilamiento por las temáticas que nos marcan desde las metrópolis; una política vuelta a los problemas de nuestra desmodernización y en busca de otra vía. Lo dicho aquí no implica, por supuesto, que nuestras universidades dejen de cultivar la astronomía, las matemáticas, la poesía, la música, la filosofía...
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