CON LA VISTA AL ZOCALO
José Agustín Ortiz Pinchetti
No a la nostalgia
EL VENENO de hoy. El robo de ocho toneladas de cianuro es algo sin precedentes. La gente teme que hasta el agua quede envenenada y todos se preguntan Ƒhasta dónde hemos llegado? Mis contemporáneos parecen añorar la vieja capital de mediados de siglo, a la que ven como una especie de arcadia perdida donde era inimaginable un hecho semejante. Les concedo razón en cuanto a que vivimos hoy en una cultura del miedo y que la seguridad con que jugábamos en el arroyo de las calles o con que caminábamos por las avenidas ha desaparecido. Pero aquellos viejos y buenos tiempos y su apariencia risueña con que los recordamos no eran buenos, ni felices.
HACIA 1950 para la mayoría de las familias que no eran ni modernas ni ilustradas, es decir, 98.9 por ciento, la religiosidad hispánica era todavía el centro mismo de la vida. Digo hispánica porque era una forma de catolicismo tenebrista, en el fondo muy enemigo del cristianismo y de cualquier forma humanística de la religión. En realidad este oscurantismo era el fundamento de la cultura premoderna que padecíamos. Era una vida a la que parecía que no le pegaba el sol. Se articulaba en la fe del pecado y el miedo y en el fondo era una gran violencia contra todo lo bello y lo gozoso.
EXISTIA LA idea de que "esta vida" no era la definitiva, sino había otra que nos esperaba difusa más allá. Era como ir en un tren rengueante que va pasando por estaciones malolientes antes de llegar a la terminal. Y no era una terminal necesariamente amable. La gran masa de mediocres estábamos destinados a caer en el purgatorio. Sólo una minoría selecta estaba destinada a irse al cielo. Generalmente asociábamos a esa gente con los más aburridos. Nunca se nos explicó claramente en qué consistía el cielo. Las imágenes de gente con túnica tocando salterios en las nubes no eran tan atractivas. El infierno daba una imagen mucho más vívida. Pero la gente creía en él no como metáfora, sino como un lugar, y eso llenaba de terrores nocturnos los sueños. Mis jóvenes lectores de ahora seguramente se asombrarán de que tomáramos al pie de la letra las enseñanzas del clero sobre la vida y la muerte, las recompensas y los castigos. Quizá la mayor novedad cultural de estos tiempos es que la vida eterna no se ha diluido y la gente, sobre todo los jóvenes, prefiere vivir al contado, aquí y ahora.
EL VENENO de antaño. Lo que determinaba el desenlace más allá de la muerte, estaba, según la moral católica de la época, reconcentrado en la forma como se vivía la sexualidad. La sexofobia parecía diseñada para exacerbar, hasta el frenesí, el impulso sexual, lo que no hubiera estado tan mal si no hubiera sido acompañada por el demonio de los remordimientos. Y era una moral ubicua, penetrante, que llegaba incluso a las familias de los descreídos, los jacobinos y los ateos. Muy pocos de ellos eran más permisivos con sus hijos que los conservadores católicos. ƑCómo podríamos añorar todo esto?
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