Incógnitas del universo Luis Felipe Gómez y Jorge Félix Hubble y los nombres de la noche
Desde Aristóteles hasta principios del siglo XX, el discurso estuvo dominado por la especulación y las ideas estéticas: fue más filosofía que ciencia. La idea era la del lugar perfecto, finito, eterno e inmutable. La primera desviación surgió en 1576, cuando Digges propuso un universo infinito, pues infinito es atributo de perfecto. Pero Digges sabía que en un universo así las noches oscuras son imposibles porque, si es inconmensurable, debe de haber al menos una estrella en toda dirección y los espacios negros entre ellas no existirían: ¡el cielo de la noche sería tan resplandeciente como el diurno! Para sortear el problema, argumentó que había estrellas muy lejanas, con luz demasiado tenue para ser vistas. El argumento no convenció a muchos y el debate siguió por siglos: Kepler defendió la idea del universo finito, Halley apoyó a Digges, De Chésaux propuso que el espacio vacío se tragaba toda la luz faltante y luego Olbers (1826) refinó esta teoría sugiriendo que el espacio entre estrellas no estaba vacío, sino lleno de materia opaca. Sin embargo, ya en su época, era claro que eran explicaciones absurdas. Las de De Chésaux y Digges fallaban porque el espacio vacío no absorbe luz. El intento de Olbers, aunque parece mejor es también erróneo, pero por razones más sutiles.
Las siguientes décadas no arrojaron mayor claridad sobre la oscuridad del cielo, pero al menos el conflicto -Paradoja de Olbers- puso en evidencia que algo estaba mal. A principios del siglo XX el telescopio más poderoso era Hooker, en Monte Wilson, EU, y su más célebre usuario era Shapley, famoso por haber medido la longitud de la Vía Láctea. Shapley defendía la idea de que nuestra galaxia (la única conocida) era el universo completo, eterno e inmóvil de Aristóteles y su prestigio la validaba. En 1919 Monte Wilson contrató a un abogado que, aburrido de las leyes y de enseñar física y español, decidió dedicarse de lleno a la astronomía. El ex abogado conocía a Shapley, sus logros y sus fallas: la medición había ignorado las nebulosas y se basaba en estrellas cefeidas para las que había técnicas de medición de distancia muy desarrolladas. El profesor de español decidió concentrarse en una nebulosa, Andrómeda, y observó que, con la ayuda de Hooker, la nube informe revelaba un conjunto inmenso de estrellas que incluía una cefeida. La cefeida le permitió medir su distancia a la Tierra: ¡resultó ser la más grande medida jamás! Lo cual significaba que Andrómeda era el objeto más lejano a la Tierra, a millones de años luz, y que, por su tamaño, era una galaxia por derecho propio. Edwin Hubble (así se llamaba el ex jurista) acababa de descubrir las galaxias exteriores y esto lo convirtió en una celebridad instantánea. Motivado, decidió dedicarse a encontrar nuevas galaxias.
Hubble publicó sus nuevos descubrimientos en 1929 y desató la polémica. Pero se las arregló para pasar a su lado a uno de los defensores más feroces de la teoría del universo inmóvil: Einstein. El eterno despeinado visitó a Hubble en 1930 y salió convertido a la teoría del universo en expansión. Así nació la cosmología moderna. ¿Y qué tiene que ver esto con la oscuridad de la noche? El cielo nocturno es negro y romántico justo por la expansión del universo, pues la mayor parte de los astros están tan lejos de nosotros que tienen un corrimiento al rojo lo suficientemente grande como para que su luz llegue en colores invisibles para el ojo humano (por ejemplo infrarrojo) dejando espacios negros en el cielo. Hubble, cuyo trabajo separó la cosmología física de la filosófica, también nos explicó por qué encontramos tinieblas junto a noche en el diccionario. Los autores son, respectivamente, profesor-investigador
del Departamento de Matemáticas del ITESM, campus Monterrey,
y trabajador del Instituto de Física de la UNAM
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