viernes Ť 16 Ť febrero Ť 2001
Jorge Camil
Ayer y hoy
ƑHemos perdido la brújula? Hasta 1976 sabíamos quiénes éramos, cómo estábamos gobernados, cuál era nuestro modelo económico y la prelación de los héroes nacionales en el panteón de la patria. Teníamos plena conciencia de ser gobernados por un presidencialismo autoritario, que se ostentaba de izquierda (y a veces "de extrema izquierda dentro de la Constitución"), apoyábamos a Cuba, defendíamos la autodeterminación de los pueblos, guardábamos una recelosa relación con Estados Unidos y protegíamos a la naciente (e ineficiente) industria nacional mediante una prohibición a ultranza de las importaciones. La "seguridad nacional" era un concepto inexistente en la rebuscada retórica revolucionaria, que resultó sin embargo medianamente amenazado por sucesos como el conflicto estudiantil del 68, los Halcones, el surgimiento de la Liga 23 de Septiembre y las guerrillas de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez: todos ellos meras oportunidades para demostrar la fuerza represiva de un Estado monolítico que no admitía retadores, pero que proporcionaba un marco semilegal de valores entendidos en el que todos vivíamos en paz (cada quien en lo suyo), protegidos por el calor que generaba la silla presidencial: la "dictadura perfecta" de Mario Vargas Llosa.
Los gobernantes y los empresarios vivían en mundos separados, pero dedicados a actividades similares: aquellos a conservar el poder y amasar fortunas considerables, y éstos a negociar con el gobierno menos impuestos y reglas cada vez más discrecionales para poder amasar fortunas considerables. Los hijos de la burocracia acudían a la universidad para adquirir títulos de licenciado y tener acceso al redituable "negocio" de la familia, y los hijos del privilegio se casaban e ingresaban sin más a administrar el negocio familiar. Esta cómoda y práctica división del trabajo funcionó con la precisión de un reloj suizo, hasta que los gobernantes, cada vez más seguros de sí y libres de la incómoda práctica universal de la rendición de cuentas, se hicieron cada día más ricos en el poder, y los ricos cada día más pobres y más agobiados por impuestos, reglas administrativas y las consecuencias fiscales y cambiarias de una economía manejada por décadas con ineficiencia, descuido e irresponsabilidad. El abandono del proteccionismo y de la retórica "revolucionaria", y la apertura al neoliberalismo y la globalización se encargaron de corregir el problema. A partir de 1976 el gobierno se dedicó casi exclusivamente a privatizar la economía, facilitar la inversión extranjera y proporcionar las condiciones económicas y administrativas para el desarrollo acelerado de las actividades financieras. Los industriales cancelaron fuentes de trabajo y dejaron de producir para dedicarse a la especulación financiera, y algunos gobernantes se asociaron con los nuevos banqueros, cerrando con ello la brecha que los había separado desde la consolidación de la Revolución Mexicana: todos, como en los cuentos de hadas, menos los pobres, recobraron la felicidad.
Hoy nos sentimos orgullosos de una frágil democracia basada en elecciones presidenciales que, no obstante el carisma electoral de Vicente Fox, fueron en muchos aspectos un voto de castigo a la ineficiencia e impunidad del régimen anterior. La sonrisa autocomplaciente del 2 de julio se nos está congelando en el rostro a más de un mes de la toma de posesión del nuevo gobierno. El opresivo aparato gubernamental, como en el caso de la antigua Unión Soviética, está siendo remplazado por el horror de un país en franco proceso de delicuescencia: ƑQuiénes son ahora los responsables de mantener la integridad de la fibra social? ƑEl Presidente, el gabinete, los gobernadores, el Ejército, los partidos políticos (estos últimos en franco proceso de descomposición)? Las nuevas realidades son los encajuelados, las guerras de narcotraficantes, el avance irreversible del crimen organizado, los asesinatos a plena luz del día, la creciente desigualdad social, el desacato de algunos gobernadores a los tribunales federales, la destrucción acelerada de la UNAM, nuestra máxima casa de estudios, y los peligros de un Poder Judicial sin frenos ni contrapesos que deja sin efecto al día siguiente los avances políticos y económicos logrados el día anterior: el sentimiento de que navegamos a la deriva rumbo a lo desconocido.
Nos reinventamos diariamente con la firme creencia de que avanzamos hacia la construcción de una nueva democracia, aunque, hasta hoy, las pruebas de nuestro entorno político sean abrumadoramente en contrario.