Recuerdo deMéxico
André Breton
Tierra roja, tierra virgen impregnada de la más generosa sangre, tierra donde la
vida del hombre no tiene precio, siempre dispuesta, como el maguey
hasta perderse de vista que la expresa, a consumirse en una flor de
deseo y de peligro. Por lo menos queda en el mundo un país
donde el viento de liberación no ha caído. Ese viento en
1810, en 1910, irresistiblemente rugió con la voz de todos los
órganos verdes que surgen allí bajo el cielo de
tormenta: uno de los primeros fantasmas de México está
hecho de uno de esos cactos gigantes de tipo candelabro tras el cual
emerge, con los ojos en llamas, un hombre con un fusil. No hay por
qué discutir esta imagen romántica: siglos de
opresión y de loca miseria le han conferido en dos
oportunidades una deslumbrante realidad, y esa realidad, nada puede
hacer que permanezca latente, que no siga incubándola el
aparente sueño de las extensiones desérticas. El hombre
armado sigue estando ahí, bajo sus harapos espléndidos,
como sólo puede levantarse bruscamente de la inconsciencia y de
la desgracia. De las próximas zarzas del camino se
destacará de nuevo, llevado por una fuerza desconocida
irá hacia los otros, por primera vez se reconocerá en
ellos. No nos detengamos en lo que al término de tales
aventuras acarrea aparentemente de rígido la formación
de toda jerarquía militar: puede adornarse con el título
de general en México cualquiera que haya sido o sea capaz
todavía de mover, por su sola iniciativa, cierto número
de hombres tomados individualmente en los campos. Los "generales" de
que hablo, formados en su mayoría en la ruda escuela de
Emiliano Zapata, y algunos de los cuales tienen el poder, siguen
participando ellos mismos, hay que decirlo, en ese admirable empuje de
la tierra que, pronto hará treinta años, condujo a la
victoria a los peones o jornaleros agrícolas indios que
constituyen el elemento más odiosamente espoliado de la
población. No conozco nada más exaltante que los
documentos fotográficos que nos restituyen la luz de aquella
época, como la vista de uno de esos campamentos de insurgentes,
de pies descalzos, que a pesar de la disparidad de los atuendos y de
las actitudes se unen en una misma resolución feroz de la
mirada. Los grandes impulsos pueden parecer caducos, las aldeas sobre
el pobre trueque de chiles por cerámica puede parecer que han
cerrado los párpados, incluso si allí como en otros
sitios la corrupción dio cuenta de una buena parte del aparato
estatal, no es menos cierto que México arde de todas las
esperanzas que han sido puestas sucesivamente en otros países
--la URSS, Alemania, China, España--, que en el último
periodo histórico se han encontrado dramáticamente
defraudadas pero de las que sabemos que acabarán por dar cuenta
de las fuerzas que las quebrantan, que son inseparables del
móvil humano en lo más misterioso que tiene, en lo
más vivaz, que está en su naturaleza en volver siempre a
florecer, y hasta de las ruinas de esa civilización.
Traducción: Tomás Segovia
Este pasaje, (circa 1939) fue recogido por Marguerite Bonnet en André Breton: Antología (1913-1966), Siglo XXI, México, 1973.